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Preocuparse ¿Para qué?

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Preocuparse ¿Para qué?

Preocuparse ¿Para qué?   Para algunas personas la preocupación constituye una compañera permanente que les impide vivir de manera relajada. Se sienten nerviosas con facilidad y pueden incluso tener dificultad para conciliar el sueño o concentrarse. Su mente está siempre alerta, dando vueltas alrededor de los temas que en ese momento les inquietan. La palabra preocupación significa justamente ocuparse con insistencia de algo antes de que suceda, lo que causa desasosiego o temor. Pero ¿tiene sentido angustiarse por lo que todavía no ha ocurrido? Las personas para las que preocuparse supone un hábito necesitan. esa actividad mental para hacer su vida más predecible. Si no se agobian, si no piensan en las múltiples posibilidades, especialmente las más negativas, no sienten que dominan la situación. La preocupación produce una ilusión de control. A menudo se considera que esa estrategia permite estar más preparado para cualquier contrariedad o revés del destino. Sin embargo, la realidad suele ser bien distinta; preocuparse por anticipado no sólo no mejora la capacidad para afrontar las dificultades, sino que genera estrés a través de la imaginación, lo cual tiene idénticas repercusiones físicas, mentales y emocionales que una situación real. Preocuparse ¿Para qué? Nuestro cerebro es una máquina de anticipar. A lo largo del proceso evolutivo ha incrementado paulatinamente su capacidad para predecir, utilizando analogías con el conocimiento acumulado de experiencias anteriores, tanto propias como de los ancestros. La capacidad de anticipar es lo que atrapa a muchas personas en círculos viciosos de preocupación. Hay personas que se definen como sufridoras. Consideran la preocupación como un rasgo de su carácter. No sólo se atormentan a sí mismas con esta exagerada aprensión, sino que también suelen desplazar este temor a las personas de su entorno. Piden, o a veces exigen, para lograr su propia tranquilidad y, sin darse cuenta, pueden hacer sentirse a los demás responsables de su sufrimiento. Si se intenta eliminar de la mente una preocupación a menudo se obtiene el resultado contrario: el pensamiento se torna todavía más presente o se intensifica. Se debe al efecto paradójico de la evitación, pues cuando se pretende no pensar en algo, en ese mismo momento ya está ocupando la mente. Conviene ser cuidadoso con los calificativos que se utilizan al hablar de uno mismo, especialmente si se trata de etiquetas limitantes que cierran posibilidades de cambio. Las personas tenemos ciertas tendencias de carácter, pero lo valioso es utilizar esta materia prima (sea una predisposición ansiosa, perfeccionista, extrovertida…etc) para sacarle el máximo partido en vez de que se transforme el algo problemático. La clave es aprender a tratar las preocupaciones como lo que son: ideas sobre el futuro pero no el futuro en sí. La preocupación mantiene a la persona en un continuo: ¿Y sí…?, que se traduce en un estado de alerta y tensión, nerviosismo e incluso irritabilidad. Viene a ser como si todas las alarmas estuvieran encendidas. La preocupación excesiva se vincula a trastornos de ansiedad y produce un importante desgaste físico y mental. El sufrimiento de quien se preocupa excesivamente es real, aunque el principal artífice sea su propia mente y no las circunstancias. La psicología nos advierte sobre las distorsiones cognitivas. Consisten en modos de interpretar la realidad que resultan desacertados o extremos y conducen a emociones y estados anímicos desagradables. En la preocupación resulta evidente que las cosas no nos afectan por lo que son sino por cómo las vemos. Las personas que se angustian más de la cuenta suelen sobrevalorar el peligro e infravalorar su capacidad para afrontarlo. Su atención se dirige especialmente a lo que resulta más negativo o amenazador, haciendo caso...

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LA DEPRESIÓN.

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LA DEPRESIÓN.

LA DEPRESIÓN. En la depresión para salirse de una situación en la cual el estímulo y la emoción son terribles, se termina cayendo en una situación tanto o más terrible que la anterior. Un deprimido es alguien que no siente nada, ni siquiera tristeza. El deprimido es alguien que siente que algo se le ha roto adentro. Y es muy doloroso, pero no es tristeza. Sólo alguien que estuvo deprimido puede entenderlo. Mucha infelicidad puesta al servicio de un modelo de vida que no es el que se busca genera un condicionamiento que impide actuar las emociones verdaderas, y eso termina conduciendo a un estado de agotamiento tal, que de la inseguridad y del miedo, se pasa tarde o temprano a la depresión. Hay gente que tiene lo que se denomina una “depresión larvada”; es decir, la persona sale, trabaja, se ríe, va, viene, se levanta temprano, etc. Aparentemente no está deprimido , pero si uno investiga encuentra que no está disfrutando de su vida, que lleva una vida vacía de contenido. La tristeza abarca sensación de dolor interno, ganas de llorar, pena, sensación de pérdida. Aunque no sepas cuál es el motivo, tienes ganas de llorar, estás apenado por lo que te pasa y lo que pasa fuera de ti. La persona que está triste tiene aumentada su sensibilidad, aunque sea hacia el lado de la pena; por el contrario, la persona que está deprimida tiene disminuida su capacidad de emocionarse, aunque parezca mentira. La verdadera depresión se acerca mucho y peligrosamente a la indiferencia. Alguien deprimido puede dejarse morir y darle exactamente lo mismo. Hay que buscar cómo esa persona pasó de la indecisión y la ansiedad, a la parálisis y la angustia, para luego pensar cómo ese estado le produjo tanto temor a actuar que lo llevó a la depresión. Otro tipo son las “depresiones endógenas”, que tienen que ver con la bioquímica, con los neurotransmisores y con sustancias químicas. Las “depresiones reactivas”, en ella la persona reacciona ante situaciones concretas y dolorosas del afuera. Una tristeza muy profunda y muy arraigada, sostenida durante mucho tiempo, puede terminar deprimiendo a la...

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