Seamos coherentes con nuestro corazón

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Seamos coherentes con nuestro corazón

Seamos coherentes con nuestro corazón

El sol ha acabado de salir. El horizonte tiembla con tenues rayos de luz y el viento lo peina con las hojas que han dejado sus árboles en busca de otro lugar. Es un paisaje mágico, como cada día que acaba de nacer. Otra oportunidad de seguir con lo que dejamos ayer o de empezar algo distinto.
Cada día puede ser un nuevo comienzo. Personas que odian sus trabajos, que no quieren a sus parejas, que desean ver mundo… pero que se quedan un día tras otro viviendo las vidas que un día crearon y que ya no quieren vivir. Hay millones de personas en el mundo atrapadas en vidas que no desean, que permanecen un año tras otro en una vida que no les llena.
Hemos visto distintas perspectivas de la felicidad. La felicidad es tener salud, amor y proyectos que nos apasionen pero debajo de todo esto yace una base común. La felicidad es un estado interior que depende solo de nosotros mismos. No depende de nuestras condiciones externas y se basa en la coherencia. Ser coherentes con lo que pensamos, sentimos y hacemos es lo que nos llena. Si somos coherentes con nosotros mismos nuestro estado de ánimo, nuestra salud, nuestro trabajo y todo lo demás nos acompañará.

Ya lo decía Gandhi: “La felicidad consiste en poner de acuerdo tus pensamientos, tus palabras y tus hechos”.

Ser coherente con lo que se piensa, se dice y se hace parece sencillo pero no lo es. Serlo muchas veces implica hacer cambios y el ser humano está programado para la rutina. Hacer las mismas cosas nos ayuda a ahorrar energía. Durante milenios el ser humano ha buscado lo familiar para tener más posibilidades de sobrevivir. Hoy en día, esto lo podemos ver en nuestras costumbres. Tendemos a ir a los mismos sitios, caminar por las mismas calles y realizar las mismas actividades. Hacerlo así hace que no tengamos que pensar demasiado, hace que podamos actuar más o menos de forma automática. Pero para conservar nuestra zona de confort tendemos a reprimir emociones. Por ejemplo, me enfado en el trabajo o en casa pero no digo abiertamente lo que pienso para no alterar mi sistema. Entonces hay una discordancia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.

Dedicamos más de media vida a entrenar nuestra mente, a adquirir competencias para razonar, deducir, relacionar, diferenciar, clasificar, y argumentar, mientras que durante mucho tiempo hemos dejado al azar la educación de nuestros afectos, el lenguaje emocional y su significado ignorando que son informaciones vitales para orientar adaptativamente nuestra vida.
Así, cuando uno es coherente consigo mismo proyecta esa coherencia al universo y recibe situaciones y experiencias en su vida que vibran al mismo nivel que su coherencia interna. Mi coherencia se acaba transformando en vivencias coherentes con mi forma de pensar, sentir y hacer. Además, el hecho de ser coherentes comporta muchos otros beneficios como sentirnos bien con nosotros mismos o un aumento de la autoestima.
En nuestra sociedad tendemos a utilizar en exceso la mente. Hay muchas personas mentales, que buscan la solución a sus conflictos a través de sus pensamientos. No obstante, la solución se debe sentir y no pensar.

Las situaciones que no sabemos gestionar de forma eficaz impactan en nuestro organismo.

Reprimimos emociones que pueden acabar convirtiéndose en una patología física o mental o en una dificultad. Para que esto no ocurra, hay que ser coherentes con lo que pensamos, sentimos y hacemos.

Una forma innata de lograrlo es escuchar lo que te dice tu corazón. Hemos perdido la capacidad o la costumbre de escuchar a nuestro cuerpo, de sentir lo que nos quiere decir. Cuando estamos enamorados, sentimos mariposas en el estómago; cuando sentimos sorpresa o miedo nos puede dar un vuelco el corazón; cuando algo nos emociona intensamente decimos que se nos pone la piel de gallina. Estas expresiones populares reflejan cómo nuestro organismo reacciona ante lo que experimentamos y cómo se comunica con nosotros.
Tendemos a usar la cabeza, a ser más racionales, para mantener las cosas en su sitio, donde nosotros (o la sociedad) creemos que debemos estar. Pensar con el corazón es innato en el ser humano pero parece que nos hemos desconectado de esa realidad.
Creemos que tenemos toda una vida por delante para ser coherentes, que si no hacemos lo que queremos no pasa nada, que ya lo haremos más adelante. ‘Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir una vida fiel a mí mismo, no la vida que otros esperaban de mí es el lamento más común que expresan las personas que están a punto de morir.

Como dice el psicólogo Walter Riso, hay gente que funciona como una escopeta de perdigones: piensa una cosa, siente otra y sus actos se dispersan sin dirección.

Cuando pensamos con el corazón y obramos en consecuencia, empezamos a vivir situaciones que coinciden con nuestro estado interior, con nuestra esencia. Empezamos a experimentar nuestro elemento. En un primer momento, podemos pensar que es suerte o incluso magia, pero es simplemente el campo cuántico. Cuando pensamos, sentimos y hacemos con una vibración coherente, proyectamos esa coherencia al mundo y la viviremos. Cuando ignoramos las señales de nuestro corazón, nuestras emociones, aquello que sentimos, esas señales van perdiendo intensidad. Entonces, funcionamos con el piloto automático, con nuestras creencias y otros patrones de comportamiento. Estamos actuando de forma incoherente. Lo hacemos porque no queremos cambiar, no sabemos cómo o tenemos miedo de lo que pueda ocurrir. Cambiar puede ser difícil, como ya lo decía Carl Jung:La gente podrá hacer cualquier cosa, no importa cuán absurda, con el fin de evitar enfrentar su propia alma’.
Al iniciar el cambio, generas nuevos pensamientos, sentimientos y emociones y cambias tu modo de percibir el mundo. Una vez iniciado este camino, te tendrás que reafirmar en lo que quieres. El universo puede traerte a tu vida lo que habías pedido hasta ese momento, las situaciones a las que estabas acostumbrada, por eso debes reafirmarte en lo que quieres vivir y experimentar. Entonces, al hacerlo, volverás a estar en coherencia con tus pensamientos, sentimientos y acciones. Ser coherente es una filosofía de vida, una forma de pensar, sentir y hacer acorde con nosotros mismos, en equilibrio con nuestro ser. Cuando somos coherentes y estos tres elementos -mente, corazón y manos- están alineados, vivimos el escenario que hemos construido.

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La felicidad consiste en poner de acuerdo tus pensamientos, tus palabras y tus hechos